miércoles 23 de noviembre de 2011

Por una tierra sin condenados

El nuevo documento del espacio de intelectuales y artistas Carta Abierta se pronuncia ante el crimen de Cristian Ferreyra y lo inscribe entre los “hechos que oscurecen un presente promisorio”, sucesos que “corresponden a una epistemología completa de negocios que mantiene cerrado el acceso democrático y posible a la tierra tanto rural como urbana”. También toma posición frente a la situación de Aerolíneas Argentinas.
 
En medio de las grandes esperanzas, sucede nuevamente el penoso acontecer de la sangre derramada. El asesinato de Cristian Ferreyra es un hecho de inconmensurable gravedad. Afecta nuestras vidas no sólo porque nuestras vidas son de por sí afectadas por una memoria bien conocida, sino porque en cada una de estas muertes inocentes surge a bocanadas el signo de una historia irresuelta e injusta.
Son muertes inocentes no porque en estos luchadores no haya alguna vez un hierro candente en la mano o un puño que se cierre sobre una piedra. Son inocentes porque son muertes que nos siguen diciendo que una porción enorme de la historia argentina ni siquiera en esta época propicia consigue tener un balance templado y equitativo. Esta época no ha sido esquiva en generar justas reparaciones. Por el contrario, sus políticas tienen el signo de una cabal apuesta por la ampliación de la igualdad. Por ello mismo, debe ser propicia para mencionar estos hechos que le son extraños o anómalos.
Ferreyra es un nombre que surge de un anonimato tranquilizador, pero es el nombre de las cosas referidas al hierro, que de repente nos recuerda que somos mortales, seres precarios, que sólo tenemos nuestra muerte para representar toda una época entera con un fogonazo inesperado. Vivimos, en ese sentido, todavía, en una época de hierro o con disyuntivas de hierro. Ferreyra, que era un militante de un movimiento social de autodefensa campesina, representa una larga historia.
Es una historia que se remonta por lo menos al siglo XVII, donde las comunidades indígenas cuyos nombres nos son vagamente familiares o desconocidos –cacanes, calchaquíes, ologastas, lules, vilelas, capayanes, famaifiles, fiambalás, colozacanes, andalgalás, quilmes, pacciocas–, podían entrar en guerra entre sí, aliarse de diversas maneras a los españoles o protagonizar sangrientos levantamientos que el ejército de los colonos españoles reprimía con saña, pero no sin esfuerzo. Es así que en 1632, el cacique Chemilyin pone sitio a ciudades importantes de La Rioja desviando el curso vital de los ríos, y pone cerco a la ciudad de Londres, llamada así en homenaje a la esposa de Felipe II, que era inglesa. Son historias lejanas, que se hablan con nombres extraños y pronunciados en otros idiomas.
Pero el secreto de la historia es que siempre es lejana hasta que un hecho de sangre acerca todo un material que parecía perdido para alimentar una acostumbrada brutalidad, que es milenaria y es también de nuestros días. Cristian Ferreyra habla de las modernas luchas por la tierra y habla también de luchas muy antiguas. No es necesario que imaginemos un pasado pulcro e incontaminado. La guerra y la violencia imperaban entre etnias cercanas, que podían unirse con el español o aliarse contra él. Por eso, sin una noción de lejanía indiscernible y heterogeneidad sorprendente no nos podremos hacer cargo de esa historia. Y debemos hacernos cargo hoy en un sentido reivindicativo respecto de la justa tenencia de las tierras campesinas, el respeto de los bosques y la crítica a una expansión agraria a fuego y escopeta.
Sabemos que esa historia llega hasta nosotros, pero no llega de cualquier manera, sino a través de muchos cortes, disoluciones y desvíos. Llega a través de un hilo frágil e impuro, porque no es una historia de purezas ni de identidades contundentes. Pero llega de una forma dramática cuando ocurre un asesinato, y vuelven nombres que los siglos parecían haber acallado. Son campesinos que tienen su tierra amenazada. Son los campesinos en los que resta aún un filamento étnico muy antiguo. Surge el nombre de la etnia lule, vinculada ahora con el moderno problema de las tierras. Son nombres que reaparecen cuando actúan el capanga, la policía rural dominada por las peores lógicas de los empresarios, pequeños o grandes de la tierra, vinculados con una irresponsable clase política; son nombres de pueblos y de lenguas muchas veces extinguidas, o con pobres vestigios que llegaron hasta nosotros, como los sanavirones, los tonicotes, los diaguitas, que en muchos casos conocían rudimentos de metalurgia, como parte de la gran civilización del maíz y del zapallo, del algarrobo y del chañar.
Algunas de ellas son palabras legadas por estas culturas, otras provienen del nombre que le sobrepuso el idioma que hablamos a otros idiomas que se han perdido, pero vuelven a tocar nuestras puertas con un mensaje inequívoco, donde pueblos antiguos que se llamaban de modos que hoy ya no son audibles, vuelven por lo suyo bajo una denominación genérica que estamos en condiciones de comprender muy bien. Porque es el pueblo argentino, hecho de la fusión de miles de otros pueblos, y que se elige ahora con ese nombre también para señalar que la expresión pueblo argentino, entre tantas otras significaciones, es un resumen de tareas pendientes, reformas sociales profundas, esperanzas en una nueva sociedad.
Tiene que ser en esta época y no en una próxima estación nebulosa e indeterminada, que se solucione el problema de tierras en la Argentina y que se consideren los planes agroalimentarios no como sinónimo de desbaratamiento de los montes sino de soberanía alimentaria. Es un problema multisecular, que queda en penumbras hasta que un asesinato lo ilumina. Del mismo modo, el asesinato de Mariano Ferreyra iluminó como una chispa al costado de las vías, la realidad oscura de la tercerización. La superposición de nombres es casual, la acumulación histórica de los problemas no lo es.
En ciertos aspectos, muchas comunidades campesinas del país son ahora contemporáneas de los encomenderos, de la mita y del yanaconazgo. Pero también son contemporáneas de las grandes utopías arcaicas, como el regreso al ayllu, a la Nación Calchaquí o el Reino de los Quilmes, que forman parte de un lenguaje posible pero quizás reacio a ver las grandes herencias de injusticia reparadas a la luz de lo que les debe ahora la nación moderna. No obstante, hay que decir que la expansión de la frontera sojera no es sólo una forma de la economía, sino también puede ser en estos casos la expansión de la propiedad por la sangre.
La avidez de un capitalismo depredador, la irresponsabilidad de inescrupulosos empresarios que siquiera son grandes propietarios, vive su Medioevo de conquista con esbirros que eligen el camino del victimario porque saben que ellos son también víctimas potenciales. El gran capitalismo agropecuario tiene su mirada en la Bolsa de Chicago, en las operaciones políticas de gran escala, en los secretos de los gabinetes químicos que perfeccionan la semilla transgénica, nuevo padrenuestro de una teología que sin tener santidad tiene a Monsanto, mientras empresarios voraces, pioneros cautivos de un clima de mercantilización de todas las relaciones humanas, se comportan como forajidos de frontera, escapados de otra época, pero tiñendo de una agria tintura este momento histórico que aunque les es heterogéneo, caen en la incongruencia de querer apropiarlo.
Cada vez que recibimos noticias infaustas, como la muerte de un miembro de la etnia Qom, de las muertes del Parque Indoamericano o las que corresponden al Ingenio Ledesma, parecen hojas lejanas de periódicos escritos por un alucinado que equivocó la periodicidad histórica. Pero no, son hechos que oscurecen nuestro presente, este mismo presente promisorio, con una lógica única e implacable: son una estructura de procedimientos insociales. Corresponden a una epistemología completa de negocios que mantiene cerrado el acceso democrático y posible a la tierra tanto rural como urbana, que comienza con genéricos intereses que podrán hablar de “sociedad del conocimiento” o “biocombustibles”, mientras una disputa por 17 hectáreas de una empresa que posee 160 mil causa tres muertes. Recordemos aquella ocasión: murieron dos ocupantes de tierras, uno de ellos apellidado Farfán y un policía, también Farfán, sin parentesco con el anterior. Hay una doble certeza aquí. Primero, la insensibilidad de los nuevos y grandes negocios que han tomado a la vieja industria de la caña de azúcar, que es un caso que tiene diferencias con la soja, pero muchas semejanzas, generando un capitalismo que fabrica combustibles con lo que anteriormente se producían materias primas alimenticias, que en el aspecto de las relaciones laborales reitera muchas conductas de la época de Patrón Costas. Y segundo, que las luchas por la tierra, tan viejas como la historia de la humanidad, enfrentan a pobladores con policías patronales, en escaramuzas lamentablemente muy frecuentes, donde mueren los hijos de la tierra, extrañados de ella ya sea porque son expulsados por los sicarios de la nueva renta agraria en complicidad con jueces o mandos policiales y políticos, o porque deben vestir el uniforme de los que son enviados a la primera fila de la represión. De allí que los más viejos apellidos de la historia de estas tierras puedan llegar a matarse entre sí, como parte de una oscura astucia de la razón capitalista.
Debe darse fin a esta situación con una nueva ley de tierras ecuánime y democrática, que las mida con los teodolitos de la justicia social, esos mismos teodolitos que empleó el ingeniero Raúl Scalabrini Ortiz y más atrás en el tiempo, el ingeniero Germán Ave Lallemant, ingenieros sociales y medidores de tierras al servicio de los pueblos. Una ley que frene la especulación, reconozca los derechos de los antiguos pobladores y cree una nueva conciencia colectiva respecto de una productividad que se equilibre con la naturaleza y no que la deprede sistemáticamente. No es aceptable que crímenes que ya asumen un carácter serial no tengan adecuado tratamiento por el hecho de que, en su ramificación ostensible, afecten a miembros de las clases políticas que mientras juegan con ademanes clientelistas, con una prestidigitación complementaria, protegen los grandes o medianos negocios con las brigadas policiales que deberían cuidar el usufructo equitativo de la tierra.
Ya muchas organizaciones sociales, políticas y de derechos humanos, como el CELS, el Movimiento Evita y La Cámpora, se han pronunciado. Las muertes que puntúan este período político, más dolorosas porque son en éste y no en otro, son alusiones de sangre a problemas irresueltos de la misma estructura histórica de este pedazo universal de tierra que llamamos Argentina. Algunos son problemas recientes, como los que provinieron del desguace ferroviario y la conversión en vidas precarias de miles de trabajadores que comenzaron a llamarse precarizados. La Argentina no puede ser un país que fabrique vidas precarias mientras habla de nuevas posibilidades tecnológicas.
Otros problemas tienen una complejidad propia de la escena que sabemos interpretar y festejar como propia de un horizonte nuevo. Los dilemas entre la gestión de Aerolíneas, que apoyamos, y la acción de estamentos laborales cristalizados es un tipo de conflicto nuevo que debe contar también con nuevas definiciones. El ámbito que afirma y acoge hoy a millones de esperanzas en el cambio debe llevar a una sociedad más justa y despojada de sus viejas ataduras de coerción, que también tiene su correlato en toda clase de trabazones mentales.
No es fácil darle nombre al tipo de sociedad que queremos, y ciertamente, ese nombre nuevo aparecerá cuando se pronuncie colectivamente, en el interior de la conciencia de miles y miles de personas, y en el interior de un gran autodescubrimiento colectivo. Por el momento, tenemos que pensar que cada uno de estos conflictos dirige nuestra atención a cuestiones urgentes: a darles facultad soberana territorial a los movimientos sociales que expresan viejas reivindicaciones campesinas, alargando la mirada sobre los problemas de subsistencia de poblaciones enteras cuando la lógica del agronegocio no tiene contenciones; y por otro lado, a crear un horizonte político que con más sabiduría pueda intervenir en conflictos como el de Aerolíneas, donde viejas fuerzas reaccionarias siguen al acecho, esperando demostrar que una generación nueva no es apta para gestionar en altos niveles de responsabilidad política y tecnológica. Pero esa capacidad ya ha sido demostrada, ahora hay que demostrar entre todos que cuando decimos que hay cosas que faltan, no sólo se trata de problemas conocidos o deducibles de lo que quedó pendiente de un trayecto anterior. Lo que falta no es un problema de restas y sumas, sino de imaginación política. Son problemas que muchas veces no tienen definición adecuada en nuestro lenguaje y que no se descubren tan magnánimamente ante nuestra supuesta destreza política. Son problemas que aparecen muchas veces, desdichadamente, bajo el rostro del asesinato social, comprimidos en los pliegues históricos mal ensamblados del país, como placas tectónicas que se desacomodan y que apenas nos dejan ver un hecho de sangre, que significa mucho más que la crónica policial con la que muchos intentan encubrirlo.
Al principio de la esperanza no lo asegura ninguna ley ni está escrito con marcas de hierro por la historia. Vive apenas en la imaginación colectiva y es frágil, aunque cuando se reconoce en millones tiene la fuerza de un llamado. A partir de allí comienza la política, dándoles a la gestión y a las tecnologías las virtudes de un frente social novedoso que las recubra con los contenidos de eticidad de las democracias avanzadas, y si estas definiciones sirven, será para poder pensar e inscribir en nuestra esperanza de cambio tanto a la defensa de la empresa pública de aeronavegación como a los condenados de la tierra.

lunes 21 de noviembre de 2011

Los patos y la escopeta - Por Eduardo Aliverti

Hay mucha duda, pero el tema es sobre qué.
¿Se duda de que la tarjeta del SUBE sea una buena credencial para la detección de quién merece estar subsidiado? ¿O se duda de si el Gobierno no habrá pegado un volantazo a derecha? ¿Se duda de cómo harán la declaración jurada para encontrar a los que deben seguir cobrando el subsidio? ¿O se duda de si los K no estarán pegándole un sacudón al bolsillo multitudinario? ¿Se duda de qué deben hacer los inquilinos? ¿O se duda de si estos recortes, bajo pantalla de afectar a los que más tienen, no van a caer sobre los que tienen menos? ¿Se duda de qué pasa si uno renuncia al subsidio del servicio público y después resulta que vuelve a necesitarlo? ¿O se duda de si el oficialismo no estará retrancando hacia correcciones impopulares? ¿Se duda de qué ocurrirá con los que no respondan el formulario adjunto a la factura del gas, la luz, el agua? ¿O se duda de que avanzar sobre Puerto Madero y Barrio Parque no es más que una movida para la gilada? En esas preguntas elementales se dirime para dónde vamos, y la respuesta –porque es una sola respuesta– sólo la tiene el Gobierno. 
Hasta ahora, cada vez que se pronosticó una fuga a derecha hubo equivocación. El kirchnerismo, ya se sabe que en los marcos del sistema (nunca prometió poner todo patas para arriba, para algún desorientado que jamás falta), siempre sorprendió. La máxima expresión de esa tendencia transgresora fue a la salida de la derrota contra los campestres y sus socios mediáticos literales, que terminaron traste al norte. Hoy vuelve a manifestarse un interrogante: para dónde disparará la necesidad de prevenir las cuentas fiscales contra amenazas externas e insuficiencias propias. Hacia dónde se modificará que, recuperada la economía aunque en estadio de purgatorio, las clases medias no tengan nada que aportar.
Asistimos y, quizás sobre todo, asistiremos a una enésima imagen de los patos que le tiran a la escopeta. La derecha corriendo al Gobierno por izquierda. Un cinismo pavoroso y dividido en dos planos que son complementarios. La chicana de que se viene el ajuste, aun cuando se advierta su centralidad en los sectores de mayores ingresos. Y el estímulo a que el oficialismo siga así, recortándoles beneficios a los pudientes. Este segundo aspecto tiene la subsecuencia de que, apenas se note que los recortes alcanzan también a la clase media, pilotearán –ya lo hacen– un clima de “al fin y al cabo, no son ni todo lo populares ni todo lo nacionales que dicen ser”. Falta que digan que el verdadero progresismo son ellos, la derecha. Venderán que estamos frente a la misma mierda de los ajustes exigidos otrora por el Fondo Monetario, pero con distinto olor. Expuesto de esta forma, puede parecer una batalla exclusiva por la construcción de sentido simbólico. No es así. La comunicación es un efecto de la realidad política, no su causa. Del mismo modo en que la oposición incurrió en papelonescos spots de campaña no porque careciera de creativos (que también), sino por su impotencia propositiva, el Gobierno ganará o perderá lo que se viene según sea su auténtica y demostrada vocación de continuar reparando a las mayorías populares.
Lo que hacen los bolsones de la derecha, desde las horas inmediatas al 54 por ciento, es probar lo que llaman la “gobernabilidad” cristinista. Primero le tiraron con el dólar, subidos al espanto que fue la (no) táctica comunicacional del Gobierno. Pero, de nuevo: si se equipara a pequeños ahorristas en dólares con grandes fugadores de capitales, como si fueran igual cosa el colchón o las cajas de seguridad que bancos o paraísos fiscales del exterior, no hay mago que pueda comunicar bien nada de nada. Parece que, finalmente, el oficialismo les ganó la pulseada asegurando que hay todos los dólares que se quieran, y apretando donde y como se debe. La cotización del dólar, esa indesmentible pasión cultural clasemediera, no sólo se contuvo. Bajó. Los dos bajaron. El que llaman “legal” y el que la tilinguería bastarda de la City, con sus operadores cambiarios y periodísticos, denominan “blue”. La muchachada mediática, sus analistas aterradores, la patria sojera, pintan haber rendido esa ofensiva. Y en gran medida es así porque, tanto como el Gobierno no es un dechado de virtudes comunicacionales, esa gente se ceba e incurre en vicios peores. El periódico Perfil, que junto con variados productos de esa editorial viene a ser la hermanita muy menor de los mastines mediáticos muy mayores, se pegó un viaje de aquellos y habló en portada de un “plan pesificador”, capaz de causar la refutación de los liberales más recalcitrantes. Agotada esa operación, en principio, ahora arrancan con que los subsidios son un ajuste tradicional. El Gobierno, en lo macro, corrigió errores y dio alguna idea de comunicación coordinada a través de la aparición conjunta de Boudou y De Vido. Son tipos convincentes, la mochila les juega más a favor que en contra por sus efectividades de gestión y, aunque así no fuera, enfrente hay un vacío magnífico que los Redrados no pueden ni podrán llenar con apariciones bizarras en programejos de cable, ni con recuadros fotografiados en publicaciones a las que nadie sustantivo presta atención, ni con una fortaleza política de la que están faltos por completo, ni por vía de las hazañas sexuales que cuenta Luciana Salazar. Sin embargo, y otra vez, tampoco se trata de que ese lucro cesante de los adversarios allane el camino. O de que al oficialismo le alcanza cubrirse con mejor comunicación y punto. Dólar y subsidios, por caso, son coyunturas de las que se puede salir airoso en tanto eso: coyuntura. En lo estratégico, demostrar que se quiere profundizar “el modelo” pasa por otro lado o, si se quiere, por una parte mucho más grande. Sistema impositivo, nueva ley de entidades financieras, ampliar el concepto de asignación universal, desconcentrar y desextranjerizar la economía, sumar actores productivos locales. El tipo de cambio y la inflación son factores cuyo carácter de controlable o alarmante depende, en proporción decisiva, del grado de confianza que el Gobierno logre asentar respecto de su rumbo general.
Se cuenta para todo eso con un aval popular reciente y enorme. Y se le suma una potencia de movilización nada desdeñable, con preponderancia juvenil. Como si fuera poco, los vientos de afuera son demostrativos de que el país, y su región, vienen zafando gracias a intentos y concreciones anclados, por fin, en una mira que desde la periferia le enseña al centro. Estamos por acá con unas democracias que en varios aspectos se les han plantado a las corporaciones financieras, y con unos presidentes que se asemejan más a la gente común que a los sabios conocidos. Por allá están exactamente al revés. Sus sociedades van a las urnas, pero el destino irremediable de lo que votan es quedar atrapados en las resoluciones tomadas en Bruselas por un puñado de garcas. Hay aquí una oportunidad perfectible pero inmejorable, si se la observa desde condiciones objetivas que muestran a una derecha desvencijada, sin partido militar ni líderes siquiera incipientes; con patrullas mediáticas inmensas y todavía gravitantes, pero seriamente deterioradas. La trampa de esta ganga es no encontrar el punto intermedio entre que todo está bien, cuidándose de cuestionar hasta lo obvio porque sería hacerle el juego a la derecha, y que todo son remiendos capitalistas que sirven para un carajo.
Lo incierto es si el Gobierno será eficaz en la ejecución de las medidas administrativas que, jura, no afectarán a los desposeídos ni –gravemente– a la clase media. Lo seguro es que, mientras se equivoque pero quede claro que el camino sigue siendo integrador de las mayorías, no habrá operaciones de prensa ni sectoriales que puedan derrumbarlo. El 23 de octubre ya lo demostró.

F.: Pagina 12

martes 15 de noviembre de 2011

La disolución de la Argentina diez años después

Por Mempo Giardinelli
 
Dado que falta muy poco para el 10 de diciembre, cuando la Presidenta iniciará su segundo mandato, cabe recordar otro 10 de diciembre, el de 1999, cuando con varios millones de votos de respaldo Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Alvarez iniciaron el gobierno de una Alianza que asumió con el mandato de corregir las inmoralidades del menemismo.
No sé a ustedes, los lectores, pero a mí volver la vista doce años atrás me resulta un espectáculo sobrecogedor. Antes de esa dupla, y durante diez años, habíamos soportado un gobierno que algunos calificamos como la Segunda Década Infame. La Alianza, como se llamó aquel frente electoral, se presentó como la fórmula capaz de purificar la política y recuperar la economía, que llevaba ya dos años de durísima recesión.
La expectativa era enorme porque la situación era gravísima. La crisis no era sólo industrial y comercial: el despilfarro, la inmoralidad y la frivolidad del menemismo habían hecho estragos en todo, y del gobierno de esa Alianza formada por un partido centenario como la Unión Cívica Radical y una formación reciente como el Frente País Solidario (Frepaso), no se esperaba entonces más que trabajo y esfuerzo, seriedad y honestidad, y sobre todo cumplimiento de las promesas electorales. Muchos tenían a De la Rúa por un buen hombre, trabajador, serio y cumplidor. Y a Alvarez por un intelectual honesto y lúcido, un político original y agudo. La sociedad lo había entendido así, al votarlos poco antes.
Sin embargo, ya en las primeras semanas se vio que el rumbo prometido no se iba a cumplir. En el primer gabinete aliancista, el Ministerio de Educación fue para Juan José Llach, ex viceministro de Economía durante el anterior gobierno de Carlos Menem y el superministro Domingo Felipe Cavallo.
Sumado a ello, enseguida fue obvia la influencia de los hijos varones de De la Rúa y de sus jóvenes amigos, así como del cuestionado ex banquero pero íntimo del presidente, Fernando de Santibáñez. A comienzos del año 2000, la promesa electoral de bajar los impuestos fue traicionada con un “impuestazo” y la recesión se profundizó mientras era evidente el sometimiento de la Alianza a los deseos de la Banca Global. El derrumbe político se produjo poco después, cuando renunció Alvarez, harto de ofensas públicas e impotente frente al contubernio de lo peor del radicalismo con lo peor del peronismo.
Pero el portazo de Chacho evidenció algo más que una derrota política personal. El país seguía en crisis y la recesión se profundizaba. La economía no mostraba signos de recuperación y era evidente que el ministro de Economía, José Luis Machinea, administraba la deuda externa en acuerdo y beneficio de los acreedores. El gobierno mostraba día tras día su incapacidad de respuesta ante los primeros casos de corrupción propia (no heredada del menemismo) y la indecisión del presidente ya era exasperante.
La veloz serie de errores que cometió De la Rúa en esos días lo mostró como lo que todo el mundo comprobaría: blando de voluntad, influenciable y titubeante, pusilánime, incapaz. Entre liderar un verdadero cambio moral en la política argentina y sólo aparentar ser más prolijo que Menem, eligió esto último. Confundió plazos con pachorra y estilo con necedad. Obstaculizó todas las medidas para higienizar la Cámara de Senadores, que escandalizaba a la sociedad, y el discurso ético de la campaña electoral se le traspapeló cuando escogió tapar la cloaca en lugar de limpiarla.
La renuncia de Chacho y la actitud sinuosa del presidente demostraron que lo único que realmente le importaba al gobierno de la Alianza era proteger los negocios sucios y a quienes los hacían, desde la banca acreedora y el FMI hasta los punteros, ñoquis y tramposillos del sistema político mafioso que –con poquísimas excepciones– nos tenía a los argentinos de la náusea al vómito.
El desgaste fue inmediato y profundo. El año 2000 fue una zozobra permanente, y en 2001 el panorama se ensombreció aún más por la situación internacional. Los criminales atentados a las Torres Gemelas en septiembre y el belicismo prepotente de Bush hijo tuvieron, en la Argentina, un absurdo correlato: De la Rúa y su ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, vieron la oportunidad de cobijarse bajo el paraguas norteamericano a cualquier costo, acaso pensando que la desesperante crisis económica interna encontraría favorables respuestas con esa actitud seguidista.
Con velocidad de rayo, como no tuvieron jamás para otras cuestiones, De la Rúa y su canciller, Adalberto Rodríguez Giavarini, anunciaron el total respaldo a cualquier respuesta bélica encabezada por Estados Unidos y ofrecieron tropas, mientras el superministro Cavallo declaraba: “Esta es una guerra de la humanidad y de los países civilizados en defensa propia; Argentina tiene que disponer de sus fuerzas y estar lista para actuar”. Por su parte, la oposición justicialista se mantuvo en oportunista silencio, y resultó patético que el único que se expresó fue Carlos Menem, quien en su estilo cantinflesco les mandó aplausos y sonrisas a Bush padre y a Bush hijo, y hasta les mandó a su esposa.
Aunque la crisis era de naturaleza política y filosófica, era la decadencia económica y social lo que producía pánico a los argentinos. El auge del voto castigo o protesta, la sucesión de ajustes y los acuerdos cada vez más gravosos con el FMI hicieron trizas todas las supuestas panaceas expresadas en vocablos grandilocuentes como Blindaje, Megacanje o Déficit Cero. Los fundamentalistas del mercado –de apellidos aún vigentes– redoblaron la apuesta del ajuste, mientras la cuerda social empezaba a romperse, acaso confiando en lo único que garantiza “éxito” a sus “teorías”: la represión.
A mediados de noviembre de 2001 –hace exactamente diez años–, y defendido apenas por el vocero Juan Carlos Baylac, que por la tele resultaba entre conmovedor y patético, De la Rúa había dilapidado un enorme capital político y arrastraba consigo a su partido, incapaz aún hoy de recuperarse. En las sombras, Cavallo y sus amigos planificaban el tristemente famoso “corralito”, que no era otra cosa que una confiscación de ahorros privados, un robo organizado y un hipócrita atentado contra la propiedad privada. No pudo haber más desastroso fin de época.
Después se desataron las tempestades de diciembre, que ya se evocarán el mes que viene, cuando se cumplan diez años de la mayor pueblada democrática que protagonizó nuestro país.
De acuerdo: la buena memoria es un ejercicio saludable.

F.:Pagina 12

viernes 11 de noviembre de 2011

Hace 60 años las argentinas votaban por primera vez


“Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de pocos artículos, una historia larga de luchas, tropiezos y esperanzas. Por eso hay en ella crispación de indignación, sombra de ataques amenazadores, pero también alegre despertar de auroras triunfales. Y eso último se traduce en la victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional”.

Esas fueron las palabras que Eva Perón dijo el 23 de septiembre de 1947 desde el balcón de la Casa Rosada. Frente a ella, una Plaza de Mayo repleta observaba atenta a Juan Domingo Perón entregándole el decreto de promulgación de la ley 13.010. Aquel discurso llevaba tras de sí largos años de lucha y significaban la culminación de un arduo reclamo que venía realizándose desde hacía varias décadas.

Cuatro años después, un 11 de noviembre de 1951, esa mujer vería cómo la ley promulgada por el peronismo se ponía en práctica. Hace sesenta años, Evita emitió su primer y único voto, recostada en su lecho de enferma.

Al igual que ella, 3.816.654 mujeres argentinas ejercieron por primera vez el voto en las elecciones nacionales que consagraron como presidente para un segundo período a Juan Domingo Perón.

“El voto femenino impulsado por Evita, fue una de las medidas más revolucionarias de los primeros gobiernos peronistas. Además, de ubicar a la Argentina en calidad de jurisprudencia avanzada en el mundo, le dio a la mujer el lugar que le correspondía”, explicó Dante Gullo, diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires del Frente para la Victoria.

Era tal la oposición de las otras fuerzas que la ley, esperada para el 3 de septiembre de 1947, debió postergarse para el 9, en que se la aprobó en sesión especial, mientras miles de mujeres presionaban desde la Plaza de los Dos Congresos.

“Si bien la oposición se rasgaba las vestiduras diciendo que supuestamente era moderna, liberal, y progresista, siempre atacaron al peronismo desde actitudes reaccionarias, de derecha, conservadora, vulnerando así derechos como la legitimidad del voto de la mujer”, agregó Gullo.

De hecho, el Partido Peronista –que sacó el 63,9% lo hizo contra el 30,8% de la Unión Cívica Radical- fue el único de los dos que llevó mujeres en sus listas. Por ese motivo, a partir de 1952 asumieron en sus bancas 23 diputadas y seis senadoras por el oficialismo.

“Siempre se decía que para que la mujer votase había que educarla largamente porque darle el voto era darle la necesidad de participar”, explicó el historiador Norberto Galasso.

“En aquellas elecciones Eva Perón no pudo acceder a la vicepresidencia. Cada uno tiene sus interpretaciones. Hay algunos que dicen que es porque estaba enferma de cáncer. Lo curioso es que el vice, Hortensio Quijano, también estaba enfermo de cáncer, de modo que ese no era el problema. Entre otras cosas, el tema era que las fuerzas militares no hubieran aceptado que una mujer hubiese quedado al frente del poder si le sucedía algo a Perón”, reflexionó la actriz Esther Goris, protagonista de la recordada película Eva Perón.

Respecto al sueño trunco de Eva de acompañar a Perón en la fórmula, la actriz dijo: “En la película, José Pablo Feinmann –guionista- le hace decir a Perón: ‘Te quiero ver firmar’, y ella responde: ‘A mí también me hubiera gustado que me votaran’”.

“Alicia Moreau de Justo venía luchando por esto hacía mucho tiempo. Sin embargo, fue Eva quien puso el broche de oro a una lucha que había comenzado mucho antes”, explicó Esther Goris. “Victoria Ocampo, aunque lo haya hecho tarde, se dio cuenta de su estupidez cuando reaccionó en contra de lo que era una gran conquista social por el solo hecho de que lo daba el peronismo”, agregó.


De la mano del peronismo

En 1945, tras haber creado la División de Trabajo y Asistencia a la Mujer, el entonces coronel Perón ya había encarado una política dirigida a reflotar la cuestión del sufragio femenino y el 26 de julio de ese año, en un acto celebrado en el Congreso, hizo explicito su apoyo a la iniciativa.

El 3 de septiembre de 1945, la Asamblea Nacional de Mujeres presidida por Victoria Ocampo, resolvió rechazar que el voto fuese otorgado por decreto por un gobierno de facto. El decreto no llegó a salir porque los sucesos de octubre del 45 pospusieron el tema.

En 1946 Perón ganó las elecciones y Eva pasó a presidir ese año la Comisión Pro Sufragio Femenino, que comenzó a presionar para lograrla: “Evita tuvo el mayor de los pesos para que la ley se sancionase y significó la relación entre el pueblo y Perón. Tuvo la inteligencia para hacer posible la revolución de esta Argentina”, reflexionó el diputado Gullo.

En 1946 Perón ganó las elecciones y Eva pasó a presidir ese año la Comisión Pro Sufragio Femenino, que comenzó a presionar para lograrla: “Evita fue el paradigma, la síntesis de la lucha por el voto femenino”, explicó Galasso.

Gracias a Eva, el pedido que se instaló en las mujeres a tal punto de que ellas pasaron a desempeñar un papel activo, culminaría el 9 de septiembre de 1947, cuando pudo sancionarse finalmente la ley 13.010 que establecía en su primer artículo: "Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos".

Según explicó Galasso, a partir de la sanción de la ley también se dio una gran participación de la mujer en los sindicatos: "El sufragio femenino significó la reivindicación de la mujer en la política y también en el empleo”.

“Recordando el voto femenino también recordamos lo que es una Argentina que supo estar entre los pueblos de avanzada del mundo en cuanto a su legislación, propuesta y materialización de aquellos avances que implicaron siempre libertad e igualdad”, dijo Gullo.


Un largo camino hasta el presente

Desde ese discurso a la fecha, por el poder político pasaron mujeres como María Estela "Isabel" Martínez de Perón, hasta Cristina Fernández de Kirchner -elegida presidenta en 2007, durante unas elecciones en las que disputó por el cargo con Elisa Carrió, hasta ser reelegida en los comicios del 23 de octubre último.

Otras dirigentes que disputaron cargos que tradicionalmente habían sido ocupados con exclusividad por varones fueron Graciela Fernández Meijide, del Frepaso, que derrotó a Hilda Chiche Duhalde, del PJ en 1997. Fabiana Ríos fue la primera mujer que arribó a una gobernación en 2007 y le siguió la kirchnerista de Catamarca, Lucía Corpacci, quien triunfó en los comicios de marzo 2011. Lo mismo ocurrió con mujeres que en los últimos años accedieron por primera vez a cargos de un gobierno nacional como Nilda Garré en el Ministerio de Defensa, o Felisa Miceli en el Palacio de Hacienda.

“En términos históricos, es poquísimo sesenta años. Hemos sido afortunados y dimos un gran salto como pueblo. Pasar del ’51 a elegir a una presidenta con el 54 por ciento de los votos, significa un salto cualitativo enorme que a mí me hace muy feliz”, confesó Esther Goris.

"Es todo un símbolo en sí mismo que a 60 años de la emisión del primer voto femenino, Cristina haya sido reelecta. Nosotros tenemos que estar a la altura de las circunstancias y por lo menos debatir temas como la legalización del aborto, una de las cuentas pendientes en relación con los derechos de la mujer, para reunir el suficiente consenso y generar una legislación que contenga, contemple y exprese a todos”, dijo Dante Gullo.

Tras confesar que interpretar a Evita fue “uno de los regalos más lindos" que le dio la vida, Goris afirmó: “La diferencia con la actualidad es que una mujer no podía ocupar el lugar de vicepresidente aunque todo un pueblo se lo reclamaba abiertamente. Y esta vez tenemos a la mujer más brillante de los últimos tiempos”.

Para Galasso, el balance a 60 años del primer sufragio femenino es “más que positivo”: “Lo que realza mi análisis se prueba cuando Cristina Kircher da discursos de dos horas sin siquiera tener una hoja y que su figura tiene un prestigio que es mundial”. Nuestra presidenta actual es un cuadro político e ideológico excepcional que nos muestra que Evita iba por el buen camino”.

lunes 7 de noviembre de 2011

“Dólar te quiero”

Por Alfredo Zaiat

La peor opción de inversión financiera en la plaza local desde 2007, cuando se intensificó la compra de dólares, fue el atesoramiento de esa moneda. En este período, el billete verde se ha devaluado y ha perdido capacidad de compra. Esto significa que hoy se necesitan más dólares para adquirir lo mismo que hace pocos años. Esta tendencia declinante ha provocado dudas a nivel global sobre su rol de moneda hegemónica en el sistema internacional. Este marco estructural de la evolución del dólar en el mundo no es considerado en el debate público cuando se analiza la competitividad del tipo de cambio en la economía doméstica. Esta omisión fundamental viene acompañada de la posición política de economistas de la city que reiteran con vocación militante la existencia de atraso cambiario. No pocos grandes empresarios los acompañan en esa misión, lo que generó la reacción de la Presidenta CFK, quien ordenó a la AFIP una fiscalización más efectiva en el mercado cambiario cuando le informaron que un hombre vinculado al negocio frigorífico contabilizaba en una de sus compañías personales una facturación de 1,7 millón de pesos anuales y en un solo día había comprado dos millones de billetes verdes con la consigna “dólar te quiero”.
Ya que el declive de la moneda estadounidense como reserva de valor no parece ser un tema que inquiete a muchos que exhiben supuesta “racionalidad financiera” acumulando esos billetes, la situación relativa de la paridad cambiaria en relación con el funcionamiento de la economía local requiere de mayores precisiones para eludir lugares comunes.
El tipo de cambio real mide la relación entre los precios de los bienes y servicios de la economía con respecto a los de un grupo de socios comerciales importantes. Se trata de una variable crucial por sus efectos sobre la demanda interna, la estructura productiva, el patrón del comercio internacional, los flujos de capitales y la competitividad de la economía. Para poder evaluarlo es necesario estudiar su dinámica en relación con:
El desempeño de las exportaciones, importaciones y del saldo de la balanza comercial.
Los términos de intercambio y el precio de los commodities de exportación.
La productividad laboral.
El endeudamiento externo neto.
La política cambiaria de los países vecinos y del resto del mundo y las expectativas cambiarias.
Un informe reservado del Banco Central considera que una medida de la competitividad externa para los sectores intensivos en mano de obra es el tipo de cambio real que toma en cuenta la evolución de los salarios locales en relación con la de los principales socios comerciales (dólar, euro y real). Este indicador constituye una prueba exigente para la economía argentina dado el fuerte crecimiento que exhibieron los salarios nominales desde 2003, mayor al mostrado por otros precios de la economía, lo que se tradujo en una significativa mejora de los ingresos laborales en términos reales. Pese a ello, el documento del Central destaca que el tipo de cambio deflactado por salarios resulta superior al promedio de los últimos 15 años: su nivel en septiembre de 2011 excede en un 28,2 por ciento al promedio de la convertibilidad y en un 71 por ciento respecto de diciembre de 2001. La productividad es otro elemento clave para analizar el grado de competitividad cambiaria. Por ejemplo, si el tipo de cambio real se aprecia un 10 por ciento, pero la productividad crece en la misma magnitud, ésta tiene un efecto compensatorio sobre el nivel global de competitividad. En el informe se señala que la productividad laboral registró un ritmo de crecimiento del orden del 5 por ciento promedio anual entre 2004 y 2010, que contribuyó a la mejora de la competitividad dado que implica una disminución de los costos unitarios.
El saldo de la balanza entre exportaciones e importaciones determina la disponibilidad de dólares “comerciales”. La persistencia de superávit en esa cuenta refleja que se mantiene la competitividad de la economía. El resultado positivo acumulado durante los primeros nueve meses de 2011 creció respecto del mismo período de 2010 en más de 1700 millones de dólares si se excluye la compra externa de combustibles. Este rubro es muy poco sensible a las variaciones del tipo de cambio y el aumento de esas importaciones estuvo originado en el fuerte crecimiento económico y en deficiencias en el abastecimiento interno. En tanto, la cotización promedio de la soja del período 2006-2007 fue de 242 dólares por tonelada mientras que en los primeros nueve meses del 2011 el promedio fue de 473 dólares, un 95 por ciento superior. Por lo tanto, el actual tipo de cambio real no se traduce en un problema de escasez de dólares “comerciales”, a la vez queda en evidencia que equilibrando la balanza sectorial de combustibles ayudaría a compensar la parte deficitaria de la cuenta corriente, principalmente la balanza de servicios financieros producto de la remisión de utilidades al exterior y en menor medida, el pago de intereses.
En relación con la política cambiaria de los principales socios comerciales de América latina, se observa que los países de la región efectuaron abruptas devaluaciones en 2008, en el peor momento de la crisis internacional cuando quebró el banco de inversión Lehman Brothers, y eso afectó la competitividad de la economía argentina. Para compensar ese impacto, en ese período hubo un ajuste nominal gradual respecto del dólar del 32 por ciento entre julio de 2008 y noviembre de 2010. Luego, cuando pasó lo peor de la crisis, los países de la región empezaron con apreciaciones nominales de sus respectivos tipos de cambio, lo que contribuyó a la recuperación de la competitividad de la paridad doméstica. El informe del Central destaca que sólo Argentina y México registran en octubre de 2011 una paridad nominal con el dólar mayor que en diciembre de 2006, mientras que en Brasil su moneda se encuentra en niveles nominales mínimos, similares a los de mediados de los ’90. En ese documento se señala que esto ha implicado que el tipo de cambio real bilateral con Brasil deflactado por salarios sea un 127 por ciento mayor al nivel registrado en diciembre de 2001 y un 33,2 por ciento si se lo compara con el promedio de 1995-2001.
Otra variable para considerar respecto de la competitividad de la paridad cambiaria es el monto de la deuda externa. El nivel adecuado del tipo de cambio real debería ser más alto (depreciado) cuanto mayor sea el endeudamiento externo neto de la economía. Esto ocurre porque si un país tiene una deuda externa muy grande (en relación con sus activos externos), necesitará de mayores saldos comerciales positivos para afrontar los pagos de intereses que generan dichos pasivos. La Argentina desde 2004 pasó, debido a los consistentes superávit de cuenta corriente, de ser deudora externa neta a ser acreedora neta, lo cual implica un tipo de cambio real de “equilibrio” más bajo por esas razones. Además ha disminuido sustancialmente la carga del stock de deuda en relación con el PIB, representando la deuda privada en dólares no más del 8 por ciento del Producto.
En la investigación del Banco Central sobre la evolución de las variables que influyen sobre el nivel adecuado del tipo de cambio real se concluye que la economía hoy presenta una situación global mejor que en los años noventa y que en 2001, y “que la actual paridad cambiaria se encuentra levemente por encima de un nivel de equilibrio de mediano y largo plazo en cualquiera de sus definiciones usuales”.
Debatir sobre la competitividad del tipo de cambio exige mayor rigurosidad técnica que la “percepción de un dólar barato” exhibida por economistas de la city. Estos demandan, en realidad, una fuerte depreciación del peso para licuar salarios, gasto público y legitimidad política del Gobierno. Disputa que se desarrolla además en un contexto omitido: una moneda fetiche (el dólar) devaluada a nivel internacional y poco rentable en términos de inversión financiera.

F.: Pagina 12

jueves 3 de noviembre de 2011

La salida de las privatizaciones

Por Raúl Dellatorre
 
“Aplicar un subsidio es relativamente fácil, pero retirarlo suele resultar infinitamente más complejo.” La frase, repetida en diferentes circunstancias y en versiones de muy distinto signo político, podría sonar a verdad de Perogrullo. Más atractivo es indagar en qué circunstancias se aplican y qué cambios se han producido posteriormente para que los mismos subsidios se retiren. A partir de allí puede surgir un debate válido.
La política de subsidios del kirchnerismo a distintos rubros energéticos (consumos eléctricos y de gas, uso de gasoil en el agro o el transporte, importación de combustibles diversos, etc.) fue una de las puertas de salida que se le encontró a la deficiente administración de esas prestaciones en manos privadas. Hubo mucho debate entonces, político e ideológico, acerca de si no se les estaba haciendo un favor a los cuestionados adjudicatarios de las privatizaciones, en vez de reestatizar las prestaciones. Entre otros cuestionamientos, se les imputaba haber abandonado las inversiones en infraestructura, factor al que se responsabilizaba de las recurrentes fallas en el suministro. Los apagones y cortes de gas eran moneda corriente en aquellos años.
Pero el kirchnerismo dejó de lado aquellos debates y optó por una solución práctica: privilegió garantizar el suministro y mantener el congelamiento de tarifas. Administró el recurso, buscó los mecanismos para incrementar la oferta, al compás de un acelerado crecimiento de la demanda, y bancó con fondos públicos inversiones y diferenciales de tarifas. Con subsidios, obviamente.
En los años siguientes se le agregó como problema el rubro combustibles. Sin inversiones en refinería, la oferta local empezó a resultar escasa frente a un parque automotor creciendo en forma exponencial. Se subsidió la importación de combustibles, y frente a la presión del agro y el transporte se subsidió el gasoil para estos sectores.
La cuenta se fue incrementando, y a medida que aumentaba la demanda interna también lo hacían los precios internacionales de los combustibles. Ya para 2010, el rubro energético representó más de la mitad de los subsidios totales de la administración nacional (26.000 de los 48 mil millones de pesos totales) y aumentaba anualmente más que el conjunto (63 por ciento contra 46).
Subsidiar el consumo eléctrico en casinos, bingos e hipódromos no es una actitud plausible, pero tampoco el objetivo de la política tarifaria en todos estos años. Discriminar entre quienes deben merecer el subsidio y quienes deben ser excluidos es un criterio de estricta justicia social para algunos y una actitud arbitraria para otros. Durante los ‘90, la discriminación tarifaria o “subsidio cruzado” fue rebajada a la categoría de las más aberrantes políticas de Estado por los referentes del neoliberalismo, por los más notables y los más simples repetidores de consignas. Pocos cuestionaban públicamente entonces esta verdad absoluta del pensamiento único.
Empezar a recortar los subsidios es una medida audaz, por más que se la critique en forma retrospectiva “por no haberlo hecho antes”. Audaz, porque se trata de señalar a los sectores que serán excluidos del beneficio. Juegos de azar, empresas financieras, mineras, aeropuertos, prestadoras de telefonía móvil no tendrán más subsidio en sus consumos eléctricos. Podrán mencionarse decenas de servicios más sobre los cuales plantearse “y por qué ellos sí”. Ya les llegará el recorte. Lo interesante es que la consolidación del modelo energético mixto del kirchnerismo hoy deja espacio para una aplicación más discrecional del subsidio, un aspecto que a muchos les molestará pero, por el día de ayer, prefirieron no detenerse en este cuestionamiento.

F.: Pagina 12

martes 1 de noviembre de 2011

Del bailecito del Bicentenario a los festejos danzantes en la Plaza

 
Por 
Eduardo Blaustein
El “liderazgo tranquilo” de Cristina. Mayo del 2010 fue la bisagra a partir de la cual la figura de la Presidenta fue creciendo con naturalidad, con más apertura, más cercanía y con niveles de empatía social que pulverizaron el mito de la “imposición kirchnerista”.
En mayo de 2010 el que escribe incluyó estas líneas como antepenúltimo párrafo en una suerte de crónica y análisis de los festejos del Bicentenario: “Y quedan las instantáneas de Cristina. Lo que significa comunicacional y sensiblemente para el común de los mortales verla quebrándose largamente en un discurso, a golpe de emoción y de alegría. Bailando sueltita al compás de las murgas, hasta payaseando entre presidentes. Imágenes que valen oro en términos de comunicación política, que complementan a la Mina Racional 10, al cuadro intelectual, a la alumna estudiosa y aplicada que por eso mismo los otros (y sobre todo las otras) miran mal, la Cristina de la vieja JUP que, con el fruncido ceño militante, tiene que abrirse paso entre compañeros machistas y enemigos implacables”.
Lo sucedido el domingo pasado es el cierre del ciclo abierto con esa suerte de repliegue resistente y hacedor iniciado por el kirchnerismo tras la derrota de 2009, que incluye al Bicentenario como bisagra política, cultural y comunicacional y que terminó siete días atrás en un segundo bailecito espontáneo ante los igualmente espontáneos miles que se congregaron para festejar en la Plaza hasta las cuatro de la madrugada. No hay contradicción en el hecho de que la construcción del liderazgo político de Cristina Fernández adopte también un formato danzante. Porque es un liderazgo que a lo largo del tiempo fue ejercido con cada vez más naturalidad, más alegría y vitalidad devenidas del seguir haciendo, más empatía social, más soltura.
Tan fuerte es ese liderazgo y contiene tan notables componentes de pedagogía social que hasta expresiones más que sugestivas que venían de la academia y la crítica a la comunicación masiva, como la palabra “relato” (por “construcción de relato” o de “hegemonía”) empleada con frecuencia por Cristina desde un kichnerismo nutrido por el debate intelectual, terminaron siendo incorporadas por la derecha y los críticos del kirchnerismo. Esto incluye a Beatriz Sarlo, que comenzó a entender bien parte de lo que estaba sucediendo un año y medio atrás y a explicarlo a sus lectores de La Nación y que últimamente vuelve a desbarrancar, pareciera que más por emocionalidad o inercia antiká que por ausencia de inteligencia. Dos años atrás la derecha, particularmente sus periodistas, utilizaba la expresión “relato” como una ironía desdeñosa dirigida a parodiar el diccionario ideológico kirchnerista, o presentarlo como un anacronismo mohoso (Fontevecchia). No hay un relato ficcional como dice el kichnerismo –era el mensaje– sino una realidad más bien espantosa, fielmente reflejada por los medios independientes.
Más tarde, y hasta hoy, intentando dar la enésima vuelta sobre el asunto, uno de los últimos tics del discurso mediático opositor (al que hace tiempo llamamos de hegemonía en crisis) consiste en afirmar que lo que triunfó en la sociedad argentina es otro relato ficcional, el impuesto por el kichnerismo. Terminaron intentando apropiarse del arsenal conceptual que empleamos de este lado de la vereda, sólo que invirtiendo los términos de una operación intelectual que antes juzgaban demencial. Nosotros decíamos, con mayor o menor tosquedad o simplismo, que la hegemonía era construida por los medios dominantes. Ellos no precisan quiénes son los dioses omnipotentes capaces de imponer tanto. Balbucean que acaso sea “el kichnerismo” en abstracto, o un puñado de funcionarios e intelectuales, o los medios que simpatizan con el Gobierno, que efectivamente tienen algún peso (fue el suficiente como para resistir y dar pelea) pero que siguen remotamente lejos de tener las audiencias de –diría Balbín– los adversarios.
El largo off-side. La cuestión es que la siguen pifiando feo. El relato kichnerista, tanto como el liderazgo de Cristina, no surgen de una imposición vertical nacida de los discursos de tribuna, ni del “abuso de la cadena oficial”, ni una elaboración de laboratorio a la De Narváez. Es una construcción colectiva nacida de una retroalimentación entre el discurso, las realizaciones cruciales de dos ciclos de gobierno y las percepciones, movilizaciones y expresiones nacidas desde la sociedad misma. El relato kirchnerista no es un cuento gubernamental al estilo de las charlas radiales nocturnas de Roosevelt “frente al calor del hogar”, pasivamente escuchado por millones de niñitos crédulos en sus casas.
La épica kirchnerista tampoco es una ficción y puede que de vez en cuando tenga algo de forzada o de excesiva. Pero existe y deviene en parte del imaginario setentista –a menudo simplificado e idealizado–, se afirma en la formidable valentía y voluntad de Néstor y Cristina demostradas el 25 de mayo de 2003 y en la remontada post 2009, fue afirmada mil veces en las plazas, enriquecida por el debate nacional iniciado desde la Coalición por una Radiodifusión Democrática, repetido cada sábado de Carta Abierta, vuelto a nutrir por los nuevos imberbes que se suman a la UES o a las juventudes del Movimiento Evita, más la multitud de anónimos que reiteran en infinitos testimonios privados o televisados que el kichnerismo les devolvió la esperanza en los proyectos colectivos y la autoestima.
Autoestima, otra palabra cara al diccionario de Cristina, otra clave de su pedagogía social y su liderazgo. De autoestima personal y nacional hablaron entre tantas cosas recuperadas los formidables spots electorales que ella misma conceptualizó y supervisó. Esos mismos spots que la mostraron ya no necesariamente en el pico emocional de un discurso sino con un gesto feliz, con algún parentesco con la imagen de esa madre que verifica sonriente y serena que las cosas en la familia van mucho mejor, más un toque de movilidad social ascendente y hasta de m'hijo el dotor.
¿Materialistas o sentimentales? Siempre pretendiendo adelgazar las razones del vertiginoso triunfo electoral, los discursos de la derecha derrapan entre contradicciones. Pónganse de acuerdo, muchachos: ¿es el triunfo devenido “del bolsillo”, es decir de lo miserablemente material/cerebral, o es la emotividad ramplona, algo sórdida, de mucamitas aindiadas afectadas por “el efecto viudez”, un efecto melodrama a lo Corín Tellado? ¿Es “la economía”, así dicha de apuro para que no entre nada, como si se tratara de un mero accionar de la madre naturaleza, un “llueve” o un “refresca”? ¿Es la estupidez alienada de masas clasemedieras que compran plasmas y de humildes lobotomizados meramente asistidos por planes sociales? ¿Esa mierda de sociedad somos, queridísimos compañeros republicanos?
Cansa entrar en el fárrago de las realizaciones que explican tanto el voto popular como el liderazgo de Cristina, pero nos obligan a resumir (mal): la reducción notoria de las cifras de pobreza indigencia, la creación de millones de empleos, la otra institucionalidad generada desde las paritarias a la AUH, desde los derechos laborales reconquistados al matrimonio igualitario, los juicios a los represores, el acceso igualitario de los partidos a tener una voz potente y pareja en las campañas electorales. Es tanto lo hecho que va desde la multiplicación de los megavatios que producimos a cositas sencillas que endulzan la vida de todos los días: el DNI fácil y la tarjeta Sube; desde las cloacas y el agua al renacimiento de las economías regionales, de las netbooks al lanzamiento de satélites y las políticas de ciencia y si quieren los industriales y sojeros y banqueros y las mineras que la levantan con pala.
Pero no, dicen ellos. Aquí ha mediado un rarísimo equívoco histórico, propio de nuestra inutilidad social. Porque miran hacia atrás con melancolía lo que pasaba hasta ayer nomás, cuando parecía que el kirchnerismo se acababa. Y ahí también o se equivocan, o mienten, o niegan u olvidan. Porque no es cierta la otra falacia que siguen agitando, la del efecto de la muerte de Néstor Kichner como Gran Explicación Universal. No es cierto que la inversión en la percepción popular se produjo allí, aunque sí se expresó. Si hasta mediados de 2009 las encuestas le daban mal al gobierno, a fines de ese mismo año consultoras cercanas al oficialismo (Ceop, Equis) ya hablaban de un cambio notorio. Y fue el diario Perfil el que hizo célebre el titular “efecto carótida” en febrero de 2010, ocho meses antes de la muerte de Néstor Kirchner. Entonces, la siguiente tesis forzada y esperanzada de la derecha fue que nunca jamás el oficialismo pasaría de un techo electoral del 20 o 25 por ciento conformado por fanáticos. Y vino mayo del 2010 y ahí volvemos al principio de esta nota: el Bicentenario, la bisagra. Ahora bien, si en los días posteriores al Bicentenario Joaquín Morales Solá escribió que pese a todo y “tal como están las cosas hoy, los Kirchner se irán del poder en diciembre de 2011. Eso es lo que indican la política y la encuestología”, el problema es suyo.
Abrir la cancha. Hay otra cosa que fue quedando clara desde las semanas del Bicentenario y es que la construcción y extensión del liderazgo de Cristina no obedeció sólo a los logros de su gobierno, al respeto creciente por su capacidad y luego por su fortaleza y autonomía, sino a todo lo que abrió y abrió en su discurso, muy a menudo suavizando tonos y humanizándose. Hubo momentos en que parecía que ella abría y otros del propio palo cerraban con actitudes y mensajes no sólo innecesarios sino piantavotos. Era cuando decíamos desde este espacio que no necesariamente se interpelaba a la sociedad apelando al discurso duro, duro, duro y que había que seguir ganando espacios en las clases medias.
Sin renunciar a la firmeza ni a la crítica contra la galería de malitos ni al debate frontal, la pregunta es si el grueso del kirchnerismo seguirá aprendiendo de esa estrategia de Cristina de abrir y abrir la cancha. Lo hizo el domingo mismo a la noche cuando la muchachada se ponía densa con los cantitos y ella dijo: “No seamos pequeñitos. Lo peor que le puede pasar a la gente es ser pequeñita en la victoria”.
Cristina construyó la última fase de su liderazgo desde esas sabidurías, entre otras. También desde la irrebatible imagen de sus abrazos estrechos con Lula y otros líderes regionales, más su creciente consistencia en el debate global de un mundo que tiembla. Son múltiples ingredientes: Cristina coraje, según decía el ex presidente; Cristina madre; Cristina capaz; Cristina estadista; Cristina cercana. Hay múltiples muestras de la relación de cercanía y afecto con amplísimos sectores de la población que a su vez fueron resignificadas desde la creatividad popular. Más razones para fundamentar la tesis de que el relato kirchnerista y el liderazgo de Cristina no son ni imposición ni ficción. No salió de las oficinas de publicistas como Savaglio, Agulla o Durán Barba ni el reciclado del avanti morocha, ni el Fuerza Cristina, ni el Cris-pasión. Salió de abajo y del medio, como el Néstornauta.
La última muestra de ese liderazgo compartido con Néstor, liderazgo de un cambio de época, se produjo, a la hora de escribir estas líneas, tres días después de las elecciones, con las cadenas noticiosas del cable y los informativos de la televisión abierta condenados a transmitir durante una hora las otras condenas históricas a los 16 represores de la Esma.
Esto, años atrás, cuando todo era pérdida y ausencia, era impensable. Volvemos entonces al Bicentenario y a una línea escrita en esos días por el semiólogo Raúl Barreiros: “Hay una condición necesaria a la función de los medios, que es la ausencia”. Esa ausencia que dejó atrás esa combinación virtuosa entre liderazgo y protagonismo popular.

F.: SUR