Al fortalecimiento político de los gremios se suma una máyor diversidad en la representación
En todo el país coexisten desde los últimos años alrededor de 3.000 sindicatos de los que la mitad tienen personería jurídica, mientras que el resto sólo cuenta con la inscripción gremial, lo que implica un serio recorte de derechos. A la novedad política de los ’90, cuando nació la CTA –hoy en crisis–, se suma la emergencia de múltiples acciones colectivas desarrolladas por los trabajadores a la hora de darse representación, ganando en autonomía. La tasa de empleo no registrado, duplicada entre 1980 y 2003, se redujo un tercio entre 2004 y 2010. También a mediados de la década de los noventa la cantidad de convenios colectivos y acuerdos homologados no superaba los 200 casos anuales, mientras que en 2009 fueron 1.300. Al fortalecimiento de la capacidad negociadora –y por ende adquisitiva– de los trabajadores y del rol sindical en la instalación de una agenda de discusiones se suma la otra agenda referida a la democratización de las estructuras gremiales, en algunos casos gracias a fallos de la Corte Suprema conformada al inicio del ciclo kirchnerista o de la Cámara Nacional del Trabajo que tienden a consagrar derechos reconocidos en lo mejor de las normas internacionales. El caso Pedraza, como tantos anteriores, permite rediscutir la vieja noción de burocracia sindical y puede que esas prácticas burocráticas sigan siendo extendidas. Pero el panorama de lo que sucede es muy distinto al de décadas pasadas y ha recobrado una vitalidad que en los ’90 parecía muerta. Otro dato contundente lo demuestra: si al finalizar esa década la cantidad de trabajadores sindicalizados no superaba los 3,5 millones, hoy se estima que llega a 7 millones. Cuando los especialistas en temas sindicales diagnostican la salud de la vida gremial en una sociedad suelen apelar entre otros parámetros a la tasa de sindicalización, que se define como la relación entre la afiliación real y la afiliación potencial. Esa tasa la suelen medir los estudios del Ministerio de Trabajo mediante una muestra tomada en empresas privadas formales de más de diez trabajadores pertenecientes a todas las ramas, excepto las relacionadas con actividades primarias, en cinco grandes centros urbanos. La tasa mide algo así como la densidad sindical y hoy ronda, según qué estudio se tome, el 38 por ciento. Alberto Robles, director de Investigaciones del Instituto del Mundo del Trabajo dice que la tasa de afiliación argentina, en el orden del 40-45 por ciento, supera la de todos los países de América, incluidos Brasil, Estados Unidos, Canadá y Uruguay. Si en los ’90 y con el estallido del 2001 cayeron a pique los niveles de afiliación en gremios emblemáticos como el de la construcción, metalúrgicos o textiles, la generación de puestos de trabajo implicó un rumbo absolutamente opuesto. Un caso particularmente dramático es el de la Uocra, que pasó de la agonía de contar con apenas 60.000 afiliados en 2002 a los actuales 350.000. La UOM pasó de menos de cien mil a trescientos mil. Es cierto que a la vez sólo el 12,4 por ciento de las empresas cuenta con un delegado gremial (ese vacío de representación que termina ejercida de modo cupular se verifica en todas partes: desde las cámaras empresarias industriales y sobre todo agropecuarias a las cooperadoras escolares), pero ese mismo dato aparece complejizado por la aparición permanente de nuevos modos de expresión sindical. Sólo en la provincia de Buenos Aires, el nuevo sindicato de peajes que conduce Facundo Moyano tiene más de 4.500 trabajadores afiliados.
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F.: Miradas al Sur


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