lunes, 20 de diciembre de 2010

Derecha e izquierda: la actualidad de una diferencia

Por Edgardo Mocca
Reaparece recurrentemente entre nosotros la discusión sobre la vigencia de la división del mapa político argentino entre izquierdas y derechas. No es una cuestión nueva ni restringida a nuestra realidad: los extraordinarios cambios sociales, políticos y culturales a escala mundial ocurridos en las tres últimas décadas pusieron en crisis los esquemas ordenadores de la política. La centralidad de los Estados nacionales tambaleó bajo el temporal de la globalización, las identidades sociales generadas durante la hegemonía del capitalismo industrial y la sociedad salarial sufrieron una intensa erosión, la “sociedad de los individuos” pareció alejarse definitivamente de los conflictos ideológicos y los antagonismos de clase. En el caso argentino, la dupla izquierda-derecha no se situó nunca en el centro de la disputa. Conservadores-liberales, radicales-conservadores, peronismo-antiperonismo fueron las antinomias que organizaron las grandes pertenencias políticas de la nación recién organizada, de la democratización y de la incorporación de los trabajadores a la plena ciudadanía política. La izquierda así autodefinida alcanzó a ocupar posiciones importantes en la lucha social pero no se expresó como alternativa política de poder, a no ser como “alas” de los grandes partidos populares. La derecha tampoco tuvo su expresión política hegemónica independiente y, en su caso, se expresó a través de las grandes corporaciones económicas, los sectores partidarios conservadores y, hasta 1983, por medio de los golpes y chantajes militares.
El debate se ha reinstalado. Desde su ascenso, el kirchnerismo ha reivindicado su lugar histórico en el mundo del “centroizquierda”, sin abjurar de su condición peronista y construyendo un nexo simbólico con la juventud de los años setenta. La derecha ha retomado el intento –exitoso con la UCeDé de mediados de los ochenta– de construir su espacio político propio a través de la figura de Macri y de su resonante triunfo electoral porteño de 2007.

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EL TEXTO COMPLETO DE CARTA ABIERTA 8

 

Indoamericano, legados y desafíos

De la muerte de Néstor Kirchner a la violencia reciente, el enfrentamiento entre las consecuencias de un modelo que se resiste a desaparecer y otro que se articula con más fuerza. Lo que falta hacer, los gestos de osadía y valor del Gobierno.

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Desbordantes y conmovedoras, las jornadas de finales de octubre fueron de profunda congoja y de reafirmación militante, de reflexión y de energía galvanizada alrededor de un proyecto de transformación y emancipación de la patria. Días que quedarán registrados en la memoria popular como uno de esos momentos únicos en los que algo se sella. En la despedida y en el homenaje, en el fervor y el compromiso de miles y miles, se grabaron la palabra y el gesto inaugurador de nuevos horizontes de justicia y dignidad de Néstor Kirchner. Es a partir de la comprensión de lo abierto en mayo del 2003 que, teniendo como fondo la manifestación con la que una parte sustancial del pueblo argentino convirtió el dolor por la muerte de un protagonista central de la historia reciente en apoyo a su compañera y a la continuidad del proyecto nacional que ella lidera, que no podemos dejar de decir nuestra palabra, ante los tiempos graves y cargados de posibilidades que se manifiestan en estos días, en los que la convicción de avanzar hacia un país más justo es amenazada por las fuerzas de la destitución y de la regresión conservadora.
Por un lado, la polifónica voz de las multitudes entrando en la escena a anunciar su decisión de tomar en sus manos la vida política argentina, y por el otro los disparos. En la ruta 86 de Formosa, junto a las vías del Roca en Barracas, en las ocupaciones de predios del sur porteño, disparos, y en las calles y plazas y centros de reunión, la afirmación vital y desenfadada de un país a la medida de los sueños de quienes lo habitan y la voluntad de sostener y llevar adelante un rumbo. Contrapunto áspero y extraño, pero no imprevisible, cuyo sonido puntúa la singularidad del tramo histórico y las exigencias que esa singularidad plantea. Doloroso y esperanzado, abierto a lo inesperado y sometido a desafíos arduos de sobrellevar, el complejo y sorprendente momento histórico que estamos viviendo es efecto, ante todo, de una larga trama de necesidades populares y luchas por resolver esas necesidades, y ni la etapa iniciada en 2003 ni su persistente profundización desde entonces pueden entenderse sin asociarlas estrechamente a la lucidez con que fueron reconocidas necesidades y luchas y a la audacia con que se les buscaron soluciones.


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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pogrom


Por Alicia Dujovne Ortiz *

Cuando yo era chica, mi madre, bolche si las hubo, solía referirse a un misterioso personaje llamado “pequeñoburgués”. A juzgar por el rictus de sus labios, el tamañito del personaje no la enternecía para nada. Además, la mención del pequeñuelo iba siempre acompañada por la palabra “prejuicio”. Un montón de cosas que a mí me encantaban eran desechadas categóricamente por formar parte del “prejuicio pequeñoburgués”. Con el correr del tiempo tuve por fuerza que admitir la existencia real del enanito, y comprender, de paso, que su pequeñez no sólo se relacionaba con su bolsillo, menos abultado que el del gran burgués, sino con las dimensiones de su cerebro. No es que la gran burguesía no tenga cerebro de mosquito, sino que el del pequeñoburgués se empequeñece en la medida misma de su terror a que los haberes se le reduzcan todavía más, y a pasar de medio o cuarto de burgués a pobre entero. La definición del pequeño burgués y de su prejuicio podría justamente ser: alguien con miedo.
¿De qué? De que el diferente no se le vaya a convertir en semejante o, más bien, de que él no se encuentre de buenas a primeras convertido en otro: pobre, negro y feo. Y maloliente, ya que estamos. Cuando Jacques Chirac quiso congraciarse con la mayoría de pequeñoburgueses prejuiciosos que integra su país, aludió a “los olores” de la inmigración. Lo mismo ha hecho Sarkozy con los gitanos, obteniendo como compensación un 60 por ciento de opiniones pequeñoburguesas favorables, y lo mismito, para decirlo en boliviano, acaba de hacer Macri.
La falta de ternura de mi madre hacia el personajito de marras se basaba en cierto conocimiento de la historia. ¿Cómo se arma un pogrom? Atizando el miedo de los pequeños y, créase o no, su envidia: ese judío ropavejero tiene más plata que yo, a ese negro de mierda lo ayudan con planes y a mí no. Siempre hay un Zar o un Führer que echa leña al fuego y siempre los punteros por ellos enviados con el objeto de excitar al pequeñoburgués encuentran las palabras justas para que el temeroso y/o envidioso, en general buen muchacho, buen padre y buen amigo, se vuelva criminal.
Como uno, lo del buen muchacho, un poco se lo cree, la imagen de la policía y de los barrabravas masacrando a miembros de una de las comunidades inmigrantes más solidarias y laboriosas de la Argentina me impresionó menos que la de los honrados vecinos envueltos en la bandera argentina, como durante la Guerra de la Soja. Que hay violencia organizada lo sabemos, pero calibrar la potencia generadora de esa violencia, su capacidad de avivar la que hasta ahora había permanecido en estado latente en el interior de las vísceras pequeñoburguesas ya cuesta más. Si con alguno de los actores de este drama me identifico, aparte de los bolivianos industriosos, es con el médico al que le dio un ataque al corazón cuando le bajaron al pibe herido de la ambulancia con la pretensión de fusilarlo en tierra. Semiataques a menudo han sabido darme cuando los choferes de taxi me prometían cortar a los negros a rebanadas o, solución final, proponían coserles las trompas a las negras para que no siguieran pariendo, pero una cosa es palpitársela y otra verla.
Lo único que me consuela es que a los bolivianos los conozco. Los conocí antes, mucho antes de que vinieran a sembrar los alrededores de nuestra ciudad, trabajando de sol a sol y llenándonos la vida de plantas y verdura barata, lindas santarritas, zapallos cortaditos con paciencia ancestral (el Conurbano tendrá la napa contaminada, pero igual, para ellos, plantar sobre la tierra negra, viniendo de la luna cenicienta en la que han nacido, es un regalo divino). En los años cincuenta viví de cerca una de las primeras revoluciones latinoamericanas, la del MNR que hizo la reforma agraria en tiempos de Paz Estenssoro y Siles Zuazo. Esa revolución se vino abajo como tantas, pero fue entonces cuando aprendí a admirarlos. Si la definición del enano blanco, también llamado pequeñoburgués, es la de miedoso, la del indio o el cholo boliviano es la de resistente. Un pueblo que ha durado desde el Incario manteniendo el sentimiento comunitario no es tan fácilmente expulsable como lo creen nuestros esforzados patriotas cubiertos de azul y blanco (colores a los que amo demasiado como para que verlos usados para eso no me dé grima). Basta observar a las familias bolivianas distribuyendo sus guisitos de toldo en toldo, o reunidas en círculo y guardando una distancia respetuosa en torno de la viuda de un asesinado, para entender que ese Parque Indoamericano de nombre premonitorio acabará por ser suyo.
Mientras tanto, hemos asistido a nuestro primer pogrom. La Semana Trágica tampoco estuvo mal, pero los que quemaban barbas de judíos eran militantes nacionalistas y niñitos bien. Estos honrados vecinos de los monoblocks de enfrente se hallan lejos de ser pitucos, no están afiliados a nada, no tienen ninguna ideología, salvo la de aferrarse con uñas y dientes a sus bienes y defenderlos de su enemigo, el negro. Es por eso que marcan territorio meando alrededor, lo cual no torna más fragante la historia.
En cambio puede que la torne más peligrosa: tampoco la baja clase media alemana de los años veinte comenzó por tener ideología; lo que tenía era bronca, desazón y, es claro, miedo. Esta que a nosotros nos ha crecido como un grano, como una excrecencia, esta que traiciona la memoria del abuelo, el que llegó con el monito al hombro, se ha desnudado en público, o, como dicen los psi, ha pasado al acto. Su racismo primario, sus dos dedos de frente y, digámoslo con dolor y temblor, sus evidentes ganas de aplastar cráneos la convierten en una excelente materia prima puesta a disposición del que la quiera usar. Por lo visto, alguien quiere.
Concluyo estas líneas con un sentido homenaje (o un feminaje, para no emplear una palabra que no me corresponde en vista de mi sexo) a la extrañada Silvia Bleichmar que, refiriéndose al jefe de Gobierno porteño, escribió con sencillez: “Esto es El huevo de la Serpiente”.

* Escritora.

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lunes, 13 de diciembre de 2010

Vivir al margen

 
Miradas al Sur estuvo en Villa Soldati, recorriendo la Villa 20 y la zona del Indoamericano, donde familias tomaron el predio en reclamo de viviendas. Una crónica del desamparo 
 
Estación del premetro Arturo Illia, un nombre radical en un barrio tan peronista que todavía tiene, ahí cerca de la villa, al Club Sacachispas, inaugurado un 17 de octubre, compitiendo en ligas quizá menores. A 200 metros del Parque Indoamericano en Villa Soldati está el Jumbo. La gente va de compras, hay un gran cartel que dice Felices Fiestas. A sólo 100 metros del que debía ser el segundo pulmón verde de la Ciudad, donde sube Escalada desde la avenida Fernández de la Cruz, hay carteles que llaman a las elecciones en el club San Lorenzo, que está un poquito más hacia el Centro. Sobre la figura del sonriente candidato a presidente, Carlos Abdo, otro cartel encima dice Paraguayo impugnado. Esto, obviamente, fue antes del martes en que Bernardo Salgueiro volvía de trabajar y se encontró un balazo a las 7 y media de la tarde que terminaría con su vida.
La entrada de Escalada doblando por Fernández de la Cruz está cortada por un patrullero de la Federal. En cambio, el ramal que viene de la Provincia está accesible. Una mujer boliviana va con su manta típica tejida con una criatura en la espalda y otro niño que la sigue. Es una del millón ochocientos mil bolivianos en la Argentina.
Es viernes 10 de diciembre y está nublado. En unas horas se va a conmemorar ese otro 10 de diciembre, el de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando el mundo se había aterrorizado por los millones de muertos justificados en que eran de otra raza, razas inferiores, razas peligrosas. Un 10 de diciembre del año pasado, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, había dicho que esa celebración tenía que tener como lema la no discriminación. Fue hace un año y en Europa se vive una xenofobia completa. Quizás aquí, en la Argentina, algunos laboratorios del macrismo, la derecha empresarial, se dieron cuenta de que hay caldo de cultivo para vincular la inseguridad con la xenofobia. Y entonces, un candidato de origen paraguayo que quiere ser presidente de un club o miles de bolivianos que viven en la Argentina tienen que dar fe por nuestra tierra. Al especulador financiero e inversionista húngaro-norteamericano George Soros, por supuesto, le va bastante mejor. Pudo comprar enormes extensiones de tierra en el sur y asociarse a José Aranda en un emprendimiento arrocero en Corrientes. Él sí puede tener sus propias tierras. 


f.: Miradas al Sur

LA BATALLA DEL PARQUE Y EL MINISTERIO DE SEGURIDAD: HISTORIA SECRETA

 

El desafío

El ministerio de Seguridad terminará con el insensato autogobierno policial, una de las grandes deudas de la democracia. CFK propicia una salida política para el conflicto social sin ignorar qué fuerzas actuaron para gatillarlo. La convocatoria a quien supo conducir y reformar a las Fuerzas Armadas señala un camino. La seguridad no es incompatible con la ley y los Derechos Humanos, los problemas sociales no tienen solución represiva y no hay espacio para la desetabilización.

Por Horacio Verbitsky


La presencia de una docena de representantes de organizaciones sociales y políticas en el salón de los escritores y pensadores argentinos de la Casa de Gobierno, desde donde señalaron las carencias de la política del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que condujeron a los gravísimos enfrentamientos entre vecinos en el Parque Indoamericano, ejemplifica en forma inmejorable la definición formulada el viernes por la presidente CFK de que no permitirá una respuesta represiva a un grave conflicto social. Esto obligó incluso al ingeniero Maurizio Macrì a bajar la bandera de la xenofobia y la intransigencia absoluta con los reclamos de los sectores más débiles de la sociedad y presentarse él también acompañado por tres dirigentes de entidades de Paraguay y Bolivia, luego de haber utilizado barras bravas y punteros para azuzar a los vecinos asustados de modo que atacaran a los habitantes de las villas. El acuerdo alcanzado entre ambos gobiernos permitió el empleo de tropas de Gendarmería para perimetrar el espacio del Parque Indoamericano en el que continuarán los ocupantes hasta que se encamine una solución definitiva y el de comandos de Prefectura para patrullar los sublevados barrios vecinos. La creación de un ministerio de Seguridad completa el mensaje: conducción política de las fuerzas de seguridad, con respeto por el orden constitucional y los Derechos Humanos. Como en los preparativos de la masacre de Ezeiza en junio de 1973, la asociación gremial de los trabajadores municipales participó en la movilización de esos civiles armados. Entonces se llamaba UOEM y hoy SUTECBA, pero su conducción sigue estando en manos de Amadeo Nolasco Genta y Patricio Datarmini.Para gatillar el conflicto, centenares de pobres de solemnidad fueron traídos en colectivos y camiones pagados por el esposo de Graciela Camaño desde Tigre, Pilar, Moreno, Malvinas Argentinas y Lomas de Zamora, sin que la estructura política y policial de la provincia de Buenos Aires lo avisara al Poder Ejecutivo. Como en el asedio a la Legislatura porteña en julio de 2004, barrabravas del fútbol vinculados con Macrì intervinieron en el desencadenamiento de la violencia. Como en uno y otro caso, la política y los negocios se cruzaron en forma espuria. El gobierno camporista de 1973 avanzó indefenso hacia su consumación porque no comprendió la deliberada manipulación de lo que sucedía, según los pasos de “La técnica del golpe de Estado”, descrita en 1931 por Curzio Malaparte. El de Néstor Kirchner en 2004 advirtió lo que estaba en juego y se consolidó: impuso un criterio novedoso en la política argentina, por el cual las fuerzas de seguridad no pueden portar armas letales para el control de manifestaciones de protesta social, que deben encaminarse por la vía de la negociación política y la asistencia a las necesidades en juego. El de Cristina enfrenta el desafío a un mes y medio de la muerte de su esposo y líder político y, luego de un grave error inicial, ha respondido con sensibilidad e inteligencia, sin ignorar la intencionalidad de los episodios ocurridos cuando celebraba el tercer aniversario de su mandato y el Día Internacional de los Derechos Humanos. Al mismo tiempo que sus enlaces políticos con Macrì instigaban la violencia, el ex senador Eduardo Duhalde reclamaba desde Estados Unidos la imposición del orden. CFK reiteró la decisión de Kirchner de eludir las respuestas represivas a problemas políticos y sociales y asumió la difícil decisión de terminar con el autogobierno de las fuerzas de seguridad, que no podía prolongarse sin graves riesgos. La creación de un Ministerio de Seguridad y la designación para ocuparlo de quien demostró capacidad y firmeza para conducir y reformar las Fuerzas Armadas llega cuando la conducción civil de las fuerzas de seguridad se había demostrado impostergable y cuando el conflicto en la zona más pobre de la Capital quedó fuera de control. De ahora hasta el miércoles, cuando asuma Nilda Garré, el rostro político y asistencial del Estado deberá desescalarlo. En los términos del sociólogo francés Loïc Wacquant, quien ha estudiado este fenómeno en su país y en Estados Unidos, el regreso del Estado Providencia es la alternativa progresista al Estado Penitencia del neoliberalismo.


F.: Pagina 12

viernes, 10 de diciembre de 2010

Acechanzas de derecha


Por Mario Wainfeld
“¡Exodos! ¡Exodos! Rebaños
de hombres, rebaños de gentes
que teméis los días huraños
que tenéis sed sin hallar fuentes
y hambre sin el pan deseado.
Los éxodos os han salvado:
¡Hay en la tierra una Argentina!”


Rubén Darío, “Canto a la Argentina”.
El lanzamiento de la campaña presidencial de Mauricio Macri y los crímenes cometidos en Soldati se vinculan, pero deben ser escindidos para su análisis. La sincera diatriba de derecha es, claro, un recurso para disimular responsabilidades de gestión, cuanto menos. Los asesinatos integran una agenda más vasta que concierne al gobierno porteño y al nacional, tanto como a sus respectivas policías.
La propuesta de Macri, su contenido estigmatizante y xenófobo, no debe valer como cortina de humo. Las responsabilidades por los asesinatos de Rosemary Churapuña, Bernardo Salgueiro y el nuevo muerto que se conoció anoche son, por ahora, opacas. La vida humana, valor supremo, impone que se traten como un ítem específico. Ambos tópicos se sobrevolarán, pues, en esta nota. El orden en que se abordan es arbitrario, no supone primacía ni lógica ni cronológica.
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En una de las contadas diferenciaciones virtuosas de su precedente norteamericano, la Constitución de 1853 garantizó los derechos “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Seguramente, el concepto amplio no era compartido de modo cabal por muchos de nuestros próceres. La propia Carta Magna imponía al Congreso “promover la inmigración europea” pensando en gentes rubias y presentables. Pero la historia fue más abierta y afín al Preámbulo. Nuestro país dio acogida a corrientes de variados lugares, en general desterrados de sus patrias por el hambre, las guerras, las persecuciones. Se construyó una encomiable tradición, claro que enfrentando detractores y enemigos. Desde la infausta ley de Residencia hasta los ataques de grupos “patrióticos”, siempre hubo quienes abominaron de los recién llegados, los atacaron y descalificaron. En promedio, la Argentina fue un país de acogida. Las peripecias que incluyeron sus propias crisis determinaron flujos de entrada y de salida.
En cualquier caso, siempre se alabó al “crisol de razas”, expresión impropia si se quiere ser purista pero expresiva de la idea de conjugar una síntesis desde la diversidad. Los versos de Darío que encabezan esta columna cantaron esa epopeya, un siglo atrás.
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Macri, con sinceridad ideológica, elige un rumbo diferente. Su presentación de ayer (ver asimismo nota central) recorre todos los tópicos de un falso nacionalismo, con hondas raíces autóctonas e internacionales. Hay permisividad, adujo, en la ley inmigratoria actual. Hay abuso de quienes se valen de beneficios sociales que deberían ser “para nosotros”. Hay un vínculo entre los inmigrantes de países vecinos y hermanos con formas organizadas de delincuencia.
Ya que estamos, “Mauricio” abogó por la militarización de la lucha contra ciertos delitos, tomando como ejemplo al Brasil. De tal modo, el jefe de Gobierno se puso de punta no sólo contra las normas inmigratorias, sino contra la Ley de Defensa, una de las políticas de Estado de la restauración democrática.
Varias de esas posturas no son ilegales: una ley puede reemplazarse por otra. Pero sí trasuntan un espíritu excluyente, una cosmovisión repudiable desde las vertientes progresistas o, más ampliamente, humanistas.
Macri elige su domicilio existencial o, mejor, lo confirma. Habrá que ver qué piensan de su movida los compañeros peronistas federales. Para algunos de ellos será una mínima mancha más en su piel atigrada. Entre ellos podrá estar, paradojas te trae la vida, su aliado Francisco de Narváez, nacido en Colombia, que aspira a importantes cargos en este país y que ocupa (con todo derecho) una banca en Diputados.
La admisión de la diversidad, el ius soli que otorga no ya los derechos sino la nacionalidad argentina a los nacidos acá son pilares que justifican no sólo oponerse al discurso de Macri, sino repudiarlo.
Eso es sencillo, y además forzoso, para el cronista, nieto de judíos europeos que cayeron a estas pampas sin una moneda, sin saber castellano, sin compartir la religión mayoritaria y acusados de cien males, entre ellos quitarles trabajo a los gauchos.
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El uso y abuso de la inseguridad y la vindicta de “otros” que ponen en riesgo a los ciudadanos libres (“la gente”, en jerga política y mediática) es un sambenito de la derecha, en muchas comarcas. El inmigrante es abusador, ventajero... rápidamente se pasa a sindicarlo como delincuente. En el centro del mundo tales narrativas gozan de buena salud. Sin justificar lo nefasto, es interesante señalar que esos países atraviesan una crisis económica feroz, de las que exacerban (y popularizan) esos reflejos. La Argentina, en cambio, no es un país superpoblado, se está acercando a una situación de pleno empleo, no existen en ella conflictos religiosos profundos. De cualquier modo, Macri puede interpelar a muchos, incluyendo personas de los sectores más humildes. Un discurso simplificador, con un enemigo sencillo, visible, un poco diferente, dista de ser un pasaporte al fracaso.
Pero sí divide aguas en la sociedad y fuerza a definiciones, entre ellas la defensa de las normas vigentes (algunas acuñadas en buena hora por el actual oficialismo, otras más añejas) que engarzan con nuestra mejor historia.
Macri, de paso cañazo, aspira a distraer sus carencias deplorables en política habitacional. Y a poner bajo la alfombra posibles maniobras de “punteros PRO” que habrían incitado a familias humildes a ocupar terrenos, en la ilusión de que eso les habilitaría una legalización inminente.
Todo esto dicho, las responsabilidades de los crímenes de Soldati son un capítulo más vasto que alude a posibles responsabilidades de la Federal y la Metropolitana que deben investigarse a fondo.
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Hay muchos puntos oscuros en el accionar policial conjunto que terminó en una masacre en la que murieron un paraguayo y una boliviana, afincados en este suelo con todo derecho.
Por lo pronto, su propia génesis: se desconoce, hasta ahora, el contenido de la orden de desalojo de la jueza María Cristina Nazar. No se sabe por qué los dos cuerpos policiales actuaron conjuntamente. La experiencia comprueba que esas coaliciones suelen ser disfuncionales, aun entre cuerpos de una misma fuerza. La masacre de Ramallo es un ejemplo que viene a cuento.
El segundo aspecto, del que no hablan ni el gobierno nacional ni el porteño, es la brutalidad desplegada en la represión. Como reseñan las excelentes notas escritas en este diario por Carlos Rodríguez, los federales dispararon con asiduidad, con armas largas. Desde los dos comandos se dice que sólo usaron balas de goma. Dos salvedades se imponen. La primera es que la lesividad de un proyectil no deriva, exclusivamente, del material con que está confeccionado. También de la saña con que se utiliza o la cercanía con “el blanco”. El maestro Carlos Fuentealba fue asesinado con una bomba de gas lacrimógeno.
El segundo apunte es que no sería novedad que los uniformados mezclaran balas de goma con otras de plomo. Contra versiones oficiosas de la Metropolitana y la Federal, no está comprobado que los proyectiles homicidas hayan sido disparados por pistolas “tumberas”: ésa es una posibilidad, entre otras que incluyen la proveniencia de armas largas, “pistolones o escopetas”, como también anticipó este diario ayer.
La presencia de federales de civil tirando a discreción es patente en las filmaciones y otro motivo de preocupación.
Otra cuestión abierta es la denuncia de Sergio Schoklender sobre la existencia de grupos armados, bien diferenciados de los ocupantes del predio que intrusaron viviendas construidas por la Asociación Madres de Plazo de Mayo con anuencia activa de la Metropolitana.
Como destaca un comunicado del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) difundido ayer, el hecho integra una aciaga seguidilla en muy breve lapso, que abarca los crímenes de Barracas y los de Formosa. El CELS habla de “represión sin límites” en Soldati, “alevosas omisiones” en Barracas y “faceta (policial) más reprobable” en Formosa.
Es prematuro hablar de Soldati, pero hasta ahora el único expediente que ha avanzado como es debido es el que investiga el asesinato de Mariano Ferreyra. Fue determinante la presteza de la fiscal Cristina Caamaño, quien apartó a la Federal de la investigación. También hubo valorable sintonía entre Caamaño y la jueza Wilma López.
En este caso habrá que ver si la determinación del fiscal Sandro Abraldes encuentra eco en el juez Eliseo Otero. Hasta ahora, el fiscal lleva la pesquisa, como cuadra cuando no se tiene identificado a un posible autor material.
La acumulación de hechos de sangre con conductas, por la parte baja sospechosas, de las Policías justifica la advertencia del CELS, que el cronista traduce en sus propias palabras. Se percibe una crisis sistémica de las Fuerzas de Seguridad, no por los motivos que aduce la derecha (permisividad), sino por todo lo contrario. Falta de autoridad civil que las conduzca y de gobiernos que tomen distancia si se producen hechos de sangre, facilitando las investigaciones y no defendiendo a los propios sea de viva voz o callando.
La derecha acecha de muchos modos, se ve en estos días. En el plano político ideológico, que aunque no guste forma parte del escenario democrático y es dirimido en su momento por la ciudadanía. Y por el desmadre de las policías bravas, un mal endémico de la Argentina que requiere un abordaje político institucional que, en estas horas, no aparece.

Fuente: Pagina 12

jueves, 2 de diciembre de 2010

Los aportes más valiosos de Kirchner a la política argentina




Renovó la democracia e impuso un verdadero cambio de paradigma. Con un estilo desacartonado, rescató el valor de la militancia, enfrentó a los más poderosos y tuvo la lucidez de sentirse, en todo momento, un tipo común.
  Apasionante… Es apasionante”, repetía Néstor Kirchner como un autómata. La anécdota la cuenta un intendente santafesino. Promediaba el año 2008, el más duro y difícil en lo que va del proceso del peronismo kirchnerista. Los intendentes y demás operadores políticos se miraban unos a otros. La Mesa de Enlace de los representantes de las organizaciones patronales del campo todavía intentaba desestabilizar al gobierno de Cristina Fernández. Ya habían pasado los 50 días del brutal lock out, ya había sido desabastecida Buenos Aires, y los precios de los alimentos comenzaban a espiralarse. Los intendentes peronistas se despegaban de a poco del gobierno nacional y él, detrás de la escena política, trataba de atar lo desunido, de contener la diáspora, de enhebrar las filas para enfrentar el Waterloo que parecían las elecciones de 2009. Y él estaba allí, en el centro de la reunión, diciendo: “Es apasionante, la política es apasionante”, mientras los demás se agarraban la cabeza.
Ese músculo tenso, esa pasión, esa ferocidad de la acción era Néstor Kirchner. Era política pura, pragmatismo y estrategia, pero no era cultor de un pragmatismo cínico y desideologizado. Ayer se cumplió un mes exacto de su muerte y las fechas redondas, por mínimas que sean, obligan a un caprichoso repaso de sus presencias y sus ausencias. Decir que Néstor Kirchner partió la política en un antes y un después no significa absolutamente nada a esta altura. Es una verdad tan evidente como innecesaria de pronunciarse, pero creo que es interesante comenzar a analizar, desgajar, desmenuzar qué fue exactamente lo que aportó el ex presidente a la sociedad argentina.
Kirchner entró como un ventarrón patagónico renovando a la democracia argentina en casi todos sus aspectos: introdujo un cambio de paradigma a) estético, b) ético, c) ideológico y d) político.
Repasemos.
a) Era alto, flaco, desgarbado, con mirada estrábica, narigón, sudaba a mares, vestía por fuera del protocolo, tenía movimientos espasmódicos con las manos, pronunciaba mal las eses. Nada más alejado del perfil estético que habían intentado implantar en los noventa Carlos Menem, con su “berretismo fashion” a fuerza de implantes capilares y aguijonazos de avispa, y de los trajes lustrosos con pañuelito de seda en los bolsillos que usaban los funcionarios menemistas. Tampoco utilizaba esas camperas cardón de carpincho tan sojeras que caracterizaban a Fernando de la Rúa, ni echó mano a los publicistas de moda para que le aconsejaran usar lentes sin marcos o repetir frases como “qué lindo es dar buenas noticias”. Nada de eso. Allí estaba el feo de Kirchner siendo como era. Jugando con el bastón de mando en la asunción. Escapándole a la formalidad como quien sabe que las convenciones son el refugio de los inseguros, de los mediocres.
En términos estéticos, Kirchner era subversivo. Cuestionaba el orden y la lógica hollywoodense de la estética política. Y decía, proclamaba, algo interesante para analizar: identificaba, representaba, no a los ganadores, a los lindos comunes de Punta del Este, sino a los transpiradores, a los bizcos, a los mal vestidos, a los gordos, a los feos, a esa inmensa romería de tipos comunes que son tiranizados constantemente por las pautas estéticas de la televisión fashion.
b) Kirchner, de alguna manera, trastocó también la lógica de la ética política. Pivoteó entre la ética de la convicción y la ética pragmática –que rebota como bola de flipper entre la responsabilidad y la conveniencia–, pero por sobre todas las cosas construyó una moral personal que está presente en muy pocos hombres públicos. Nadie en su sano juicio puede analizar la política bajo el imperio de los valores morales. Eso lo sabe hasta la diputada Cynthia Hotton. La administración del poder es siempre injusta, deja heridos, mancha. El poder se basa también en la circulación de recursos, por lo tanto, tampoco se puede pedir asepsia en esa circulación. Pero en Kirchner el orden de prioridades estaba invertido. No era la financiación lo sustantivo en su accionar. Para él lo más importante era la construcción política, lo “apasionante”. Su accionar era un pragmatismo estratégico con un “nosotros”, no era el oportunismo cínico y vaciado de contenido de los años noventa. Hacer política fue sustancial para él. Tanto que operó y operó hasta las dos de la mañana del 27 de octubre, cinco horas antes de su muerte. En esa obsesión hay un mensaje: no es la riqueza personal ni la ambición de poder la quimera a seguir. Se trata simplemente del disfrute de “entregar la vida” –no en términos setentistas, claro– por la política.
c) Tras el festival fukuyamesco del fin de la Historia y la muerte de las ideologías, la aparición del kirchnerismo como emergente de esa nueva corriente latinoamericana –con las experiencias de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Lula da Silva, de Rafael Correa, cada una con sus profundizaciones diferentes– que podría caracterizarse como un neonacionalismo popular y americano que tiene al intervencionismo estatal como su herramienta de transformación y de inclusión social que hace frente, en menor o en mayor medida, a las corporaciones y a la lógica del mercado capitalista. Kirchner basó su liderazgo frente a la sociedad a través de la confrontación ideológica, ya no en términos de grandes relatos, pero sí en función de decisiones políticas, más recostadas sobre un marco previo de ideas y valores que sobre la conveniencia estrictamente especulativa.
Nadie en su sano juicio puede decir que Menem y De la Rúa no tuvieran, por ejemplo, una clara adscripción al neoliberalismo, pero a diferencia de Kirchner, no lo hacían explícito, se refugiaban en la razón de Estado, el pragmatismo oportunista y la ética de la responsabilidad para enmascarar sus propias ideas y su sujeción ideológica a las directivas del FMI y a los preceptos del Consenso de Washington. Allí había una novedad: Kirchner creía que lo ideológico era una forma de legitimación política y la hacía rodar en el juego de la confrontación y el debate. Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina, con el kirchnerismo, discutió ideas y política. A principios de los ’90, el neoliberalismo también planteó ideas, pero la hegemonía del pensamiento único fue tan abrumadora que anuló cualquier tipo de polémica. En la primera década del siglo XXI, en cambio, el discurso ideológico se instaló como agonía para filtrarse en las grietas que desmoronaban al neoliberalismo.  
d) La primera cuestión es que Kirchner construía poder golpeando y negociando. Esa parecía ser su forma de acumular voluntades, de sellar acuerdos y legitimidades. La ferocidad era su principal herramienta y su caballo de batalla, aun en momentos de debilidad política como durante la asunción de la presidencia con el 22% de los votos. La pelea, la discusión, el debate, era la forma en que mejor se desenvolvía. Su legitimidad consistía en su capacidad para demostrar fortaleza ante quienes aparecían –y algunos lo eran– poderosos: los militares, la Iglesia, La Nación, el FMI, George W. Bush, Eduardo Duhalde, el Grupo Clarín. Su capital político era construirse a sí mismo como un “paladín” del pueblo, en términos simbólicos, y cierta práctica del coraje.
Kirchner huía para adelante. Lo demostró fundamentalmente cuando perdió las elecciones de junio de 2009. En el momento en que todos aconsejaban prudencia, moderación, racionalidad política, él salió de su escondite y fue por más. Enfrentó al Grupo Clarín y marcó la agenda de la oposición con la Ley de Medios, la Asignación Universal por Hijo y la Reforma Política. Y así recuperó la iniciativa política que podría haber perdido tras las elecciones legislativas.
Por último, Néstor Kirchner era un gran creativo de la política. Estaba no sólo todo el día administrándola sino también creando alternativas que sorprendieran y pusieran en jaque tanto a la oposición como a los aliados. Pero, incansable, no sólo se dedicaba al armado del poder. También tenía una gran experiencia en la gestión pública. Su experiencia como intendente y como gobernador lo había dotado de nociones básicas para comprender el funcionamiento de cualquier tipo de Ejecutivo. Guste o no, Kirchner sabía de economía, de gestión, de administración de los recursos del Estado. Por eso fue, sin dudas, el político más completo de las últimas décadas.

Escribir sobre Kirchner a un mes de su muerte no es fácil. Sobre él se ha instalado un mito que cubre, fundamentalmente, al propio Kirchner. No era perfecto, no era infalible. Querer convertirlo en un tótem es un error, excepto que se quiera ocultar algún abismo. No necesita del mito, porque por sobre todas las cosas era un rompedor de moldes y de mitos. Un informal. Su característica personal era cierta alegría vital que le imprimía a su accionar. En algunos momentos, parecía que vivía de joda. Riéndose, cabeceando cámaras, abrazándose con la gente, todo desaliñado, transpirado. En algún punto le devolvió alegría a la política, pasión, con su muerte le dio vida. Difícil comprender a un mes qué significará su ausencia y qué dirá la Historia de él. Es posible que su principal virtud haya sido, como escribió José Pablo Feinmann en 2003, que era un tipo común, uno como nosotros. Allí radicó su fuerza política también. Nunca dejó de representar a una gran mayoría de imperfectos ciudadanos de a pie. En cierta manera, Kirchner nunca dejó de funcionar, simbólicamente, como un delegado.